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Apuntes sobre una posible ética del traductor literario

by Mercè Altimir
Debería haber un umbral, infranqueable o poroso pero siempre presente, que separara los principios de un arte apasionado de una aplicación de técnicas. Es la misma frontera que debería establecerse entre la reflexión de la traducción como creación y su sumisión actual a las teorías dominantes de la lingüística o de las llamadas ciencias cognitivas. Convencidos de que una pasión puede llegar a ser una inquietud intolerablemente glotona, preferimos llamar deseo a aquello que impulsa el rejuvenecimiento inherente al acto de traducir.
Queremos defender que traducción y entusiasmo exultante exigen ambos una misma condición causal, un posicionamiento ético ante la realidad del multilingüismo (diversidad de lenguas y hablas) y de la heterogeneidad de saberes (todo el mundo debería renunciar, ante la imposibilidad de ambicionarlo por razones estructurales, a la pretensión abusiva de monopolizar la aspiración a la verdad). La amenaza de «la terra eixorca » (el título en catalán que dio Agustí Bartra  en el año 1951 al poema de T. S. Eliot de 1922, «The Waste Land») está en el dorso de esta alegría fecunda, y es que las palabras transportan la muerte y la vida, circunstancia que obliga a sembrar infatigablemente la semilla del deseo, a trabajar la tierra y a esperar expectantes que el latido de la lengua, en proceso inacabable de transformación, no se detenga.

Joan Maragall habló de la «palabra viva» y Agustí Bartra de la «voz». La palabra viva de Maragall no es la palabra enumerativa o constatativa, ni tampoco nace de la espontaneidad ingenua y no trabajada. Bartra aún va un paso más allá y desplaza el adjetivo atribuido a la palabra hasta el creador, hasta la voluntad de ser voz (no de tenerla) del hombre vivo (Víctor Sunyol, «Maragall-Bartra, de la paraula a la veu. Un apunt », 2009). La lengua se marchita al reducirla a instrumento de servicio (una herramienta de comunicación mecánica) y al justificar su existencia al hecho puramente pragmático de transportar un mensaje de un texto a otro (Antoine Berman, La Traduction et la lettre ou l’Auberge du lointain, 1999). El horizonte de la reflexión sobre la traducción literaria debería apuntar, entre otros, al blanco que la separa de la traducción reducida a una actividad de transferencia de información (sin que pretendamos esconder un propósito de valoración jerárquica o moral tras una realidad de estricta necesidad). Precisamente es dentro del ámbito de la información y la tecnología en donde el deseo y su ardor son más un estorbo que una turbina eficaz. La neutralidad de la que se jactan sus teóricos es, sin embargo, dudosa, porque ya el acto mismo de su constitución supone un rechazo, carente de la imparcialidad obligada, de la existencia real del placer generado por el juego de las palabras, por el disfrute de los textos. El olvido de esta segregación constitutiva nos hace caer en la trampa de pensar que la Información tiene un valor absoluto. Es en esta coyuntura donde la traducción y la literatura pueden asumir su papel de resistencia para recordarnos que el conocimiento del mundo no debería eclipsar el saber sobre nosotros mismos ni hacernos olvidar tampoco la necesidad de amparar el vínculo necesario con los capilares impetuosamente charlatanes que distribuyen la savia de la vida.

A medida que desplegamos nuestra capacidad de abstracción (la red compleja de los conocimientos adquiridos), avanza a un mismo ritmo la diversidad de los lenguajes especializados. El globish (Global English) no puede resolver la problemática generada por la heterogeneidad de los discursos, por el uso cada vez más especializado de las palabras. El globish solo sirve para comunicar información a un nivel muy precario. Un investigador, sea cual sea su disciplina, no puede pensar en la «lengua» globish (¿el esperanto del siglo XXI?).

Por otra parte, previamente a la voluntad de significar (gracias a un consenso social que la «fija»), la lengua es, para cualquiera de nosotros, un juego de equívocos y de sonidos (Sigmund Freud, El ingenio y su relación con el inconsciente, 1905), una actividad melódica y rítmica placentera y apolínea que el imperativo creciente de la razón (la obligatoriedad del principio de no-contradicción de Aristóteles) no consigue ahuyentar del todo. Permanece como voz telúrica de los hombres vivos. Al ignorarla y dejar que languidezca, nos sobreviene la sed triste y abrumadora de la tierra baldía: «Entre l’herba i les flors erra, / dolça y potent, / la veu que embelleix la terra / eternament .» (traducción de Agustí Bartra de un poema aborigen estadounidense. Citado en Víctor Sunyol).

Parafraseando a Sunyol diremos que la fuerza, dignidad y vida de la lengua nacen de la decisión individual del creador de convertirse en voz.

¿No podemos decir lo mismo de la traducción? El traductor se enfrenta a este espacio desconocido y generador, y lo llama «intraducible», o «traducir» cuando lo entiende como acto performativo y como condición de la traducción. El traductor se deja transformar por la voz del texto fuente y enriquece, rejuveneciéndola, la lengua del texto meta (Antoine Berman). Cuando, en cambio, nos autolimitamos a aplicar técnicas, rechazamos este vacío impulsor o lo guardamos en de un cajón de sastre en el que olvidaremos todo lo que no encaja.

En un poema de Felícia Fuster, traductora de poesía japonesa contemporánea (Fuster i Sawada, 1988), la autora bautiza fugazmente este «Extranjero» desconocido capaz de hacer temblar la lengua con el nombre de «juego de cartas japonés», una expresión con claras connotaciones de alteridad que emplea la escritora para decir lo que es indecible, la voz: «O / Potser / encara sóc / el subtil joc / de cartes japonès / amb qui no sé si em / vaig jugar aquell primer / i gran Gener de l’existència / inesperada» (Sorra del temps absent , 1998).

La curiosidad y la actividad traductora de Fuster recibieron el impulso de su deleite por beber de la profundidad de la lengua con la que pensaba y sentía. Hasta ahora no han faltado traductores valerosos que han opuesto una dura resistencia al canto de sirena de la reclusión en Babel:

[...] certains résistants à l’embrigadement général; à vrai dire, jamais la confiance ne les avait abandonnés; ceux-là cherchaient leur salut dans le mouvement. Chaque année, ils prenaient le large pour de longues transhumances avec leurs chameaux, roulant et tanguant au fil des dunes. Dispersés, puis rassemblés, puis dispersés encore –enfants du voyage qu’aucune attache ne retenait. Ils se défiaient des mots d’ordre et patoisaient allègrement, enrichissant leur langage des bons mots qu’ils glanaient au cours de leurs périples (François Ost, Traduire. Défense et illustration du multilinguisme, 2009).

Volvamos a la cuestión que hemos planteado al principio. La heterogeneidad de lenguas y hablas, y una actitud de apertura atenta a la sorpresa conforman la ética del traductor desde que tiene el propósito de trasladar un texto que ha sido escrito con el deseo, consciente o inconsciente, pero en cualquier caso sujeto a una urgencia inapelable, de rejuvenecer las palabras y salvarlas del vacío. No somos solo una especie viva, un organismo biológico. Somos sobre todo el vaivén no escogido de un jugar infinito entre una voz singular y una lengua de consenso. La pasión estéril por la significación mecánica la podemos dejar en manos de los constructores de la torre, aquellos ganapanes tentados por el engaño nostálgico que el ideal de la lengua perfecta hace brillar con una luz falsa.
Translated by Francesca Cerdà

Isabel Banal: Llapis trobats, sèrie iniciada el 1999.

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