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Sobre ausencias e invisibilidades

por Carme Arenas
Hace tiempo que muchas culturas han sabido dignificar la labor del traductor haciéndola visible de muchas maneras. Es necesario que en Cataluña, que ha tenido una tradición de muy buenos traductores, demos este salto de concienciación, seguros de que la invisibilidad no favorece a nadie.

Assenza,
più acuta presenza.

A. Bertolucci

En el año 1982, cuando andaba por Italia, el editor Giulio Einaudi emprendió una colección de literatura universal que dirigía personalmente y que tituló Scrittori tradotti da scrittori. En los 82 títulos que tuvo la colección figuraban, en el papel de traductor, las plumas italianas más influyentes del momento: empezaba Primo Levi como traductor de El proceso, de Kafka; después Leonardo Sciascia, que tradujo el Cándido, de Voltaire, él que años antes, en 1977, había publicado su Candido, ovvero un sogno fatto in Sicilia. O Eduardo De Filippo, que tradujo al napolitano La tempestad, de Shakespeare. En el catálogo encontramos también a Calvino, a Ginsburg, a Sanguinetti, a Montale, a Pavese o a Bontempelli, entre muchos otros, así como a la generación de escritores entonces más jóvenes, como Claudio Magris o Antonio Tabucchi.

El nombre escogido para la colección ya nos dice mucho de la doble intención del editor. Había instituido la presencia del escritor como autor-traductor, en un momento en que también en Cataluña se habían incorporado al noble oficio de la traducción muchos filólogos, como lo fue mi caso, en un momento en que la edición en catalán se había ido recuperando y era necesario traducir muchos títulos para ponernos al día de carencias graves, que no acabamos de suplir.

Veníamos de una tradición, como en Italia, en la que los que traducían eran los escritores y, con su prestigio como autores, investían con este don creativo las traducciones que realizaban, en las que se valoraba más el estilo aportado por el traductor-escritor que la fidelidad, tan valorada después. 

El gesto de Einaudi fue valiente, porque en la portada (aquellas míticas portadas azules tan delicadas) se destacaba en blanco el título de la obra y el nombre del traductor. En medio y en negro, el autor de obra y, con letra más pequeña, 'nella traduzione di'. 

Muy a menudo pienso con nostalgia en esta colección que quería significar la importancia del traductor como autor otorgándole un lugar destacado. Muy al contrario de lo ocurrido en nuestra literatura, en la que el nombre del traductor muchas veces solo aparece en la página de créditos y por «imperativo legal». 

No sería justo no tener aquí un reconocimiento por aquellas editoriales, sobre todo pequeñas y cuidadosas, que siempre lucen el nombre del traductor en la portada, en un gesto de reconocimiento y de responsabilidad compartida. 

Este no dar importancia a la labor del traductor no tendría mayor importancia si no fuera por el significado que tiene y por las consecuencias que se derivan. 

No recurriré al tópico sobre la invisibilidad del traductor, concepto que algunos traductores extrañamente defienden, pero sí que tras esta invisibilidad se encuentra la ínfima valoración de una tarea altamente creativa que no se ve compensada ni en reconocimiento, ni en responsabilidad, ni en la valoración de la aportación cultural que representa. 

Poner el nombre del traductor en la portada significa reconocer al traductor como autor, lo cual es del todo necesario, por el hecho de que todo lo demás debe venir de aquí. Si el traductor no es considerado autor, aquel que re-elabora la obra, que la interpreta, que derrama en ella su chorro creativo complementado también por su bagaje cultural, eso lo hace terreno abonado a todo tipo de desconsideraciones. Sobre todo para aquellos editores más identificados con el sector industrial que con el cultural, que creen que el traductor es un instrumento inevitable, pero en ningún caso un elemento necesario que colabora a engrosar nuestro patrimonio literario con sus traducciones. 

De ahí que le duela tener que pagar un trabajo, que valora tal vez sí como necesario, pero que no considera creativo, lo que hace que a veces se esgrima ―creemos que inconscientemente― que un buen traductor automático también lo podría hacer. 

En estas últimas décadas, la aparición de traductores titulados por las facultades de traducción hecho a pensar que la explotación estaba servida, que se podían aceptar perversiones como despedazar una obra y dársela a diferentes traductores para tener la traducción terminada antes y, de este modo, pellizcar la parte de ganancias derivada de ser el primero que saca la obra al mercado. No importa la calidad. O bien bajar tarifas hasta la explotación más insultante. O retocar traducciones sin el permiso del traductor, que es quien ha puesto el nombre y la responsabilidad, con el consiguiente perjuicio que le puede acarrear. Todo eso son prácticas cada vez más comunes. Y, como guinda de todo este despropósito, la crítica periodística nunca hace referencia a la traducción ni al traductor. Como si fuera el autor el que la hubiera escrito directamente en todas las lenguas. 

Si los críticos literarios ya no mencionan la tarea del traductor ―a no ser que haya metido la pata―, si el nombre del traductor se esconde siempre, ¿cómo nos las arreglaremos para mostrar que sin traducción no hay acceso al inmenso patrimonio de la literatura universal? 

Para el traductor, el hecho de que su nombre aparezca en lugar visible debe ser interpretado como un gesto de responsabilidad, de compromiso con el lector. Es quien tiene que dar la cara, porque esa ya es también su obra.
Traducido por Francesca Cerdà
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