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Cementerio de Sinera (1946)

por Joan Ramon Veny Mesquida
Cuando apareció Cementerio de Sinera en 1946, Espriu era conocido sobre todo como narrador: los poemas que había escrito durante el decenio de los años treinta, los había destruido prácticamente todos y, después de la Guerra Civil, dio a conocer solamente unas pocas muestras (que luego formarían parte de Las horas y Mrs. Death, 1952) en las sesiones de los Amigos de la Poesía (1942) y en la revista Poesia (1944-1945).
 

No es casualidad —escribe Maria Aurèlia Capmany— que sean Joan Triadú y Josep Palau i Fabre, «dos hombres jóvenes, comprometidos con la nueva generación de escritores» los que «editen, por su cuenta y risco, y a escondidas», el primer libro de poemas de Salvador Espriu, escrito entre marzo de 1944 y mayo de 1945. Triadú cuenta que fue Palau quien convenció a Espriu para que lo publicara y que el poeta «ya amaba, antes de verlo terminado, aquel libro suyo que daba fe de la reanudación, en unas circunstancias tan distintas, de su vida de escritor», hasta que «en la primavera de 1946», el libro apareció «sin pie de imprenta y con el nombre de la editorial de "La Sirena", una fantasía».

El impacto de este primer libro de poesía en verso fue bastante considerable: «en una tierra huérfana de jerarquías, en una Universidad vacía de maestros, la nueva generación da la espalda a todo aquel que no esté dispuesto a halagarla. Los libros de poemas de Espriu —Cementerio de Sinera (Cementiri de Sinera), Las canciones de Ariadna (Les cançons d’Ariadna)— pasan de mano en mano», escribe Capmany. La fascinación del público de la época por los primeros libros de poesía de Espriu es imputable, según cuenta Vallverdú en el prólogo de la edición de Edicions 62 del Cementiri de Sinera, en tres de sus características definitorias: el carácter elegíaco de los poemas, el valor moral que su autor confiere a la literatura y la fidelidad inconsútil al país que le impregna; características distintivas que hicieron que, «en medio de un panorama poético donde predominaban la metafísica y el sentimentalismo, la tradición y el preciosismo», la poesía de Espriu tocara la fibra de las nuevas generaciones de la posguerra: cuando Josep Pedreira escoge, en 1949, Las canciones de Ariadna para abrir la prestigiosa colección «Óssa Menor», lo hace, dice, porque «Riba, Carner y Foix, a pesar de admirarlos, no los sentía tan cerca de mi sangre como sí sentía a Salvador Espriu».

Pretextos

En el título del libro aparece, por primera vez en la obra de Espriu, el término, «Sinera», anagrama de «Arenys» de Mar, pueblo que Espriu escoge como punto de partida para la elaboración de su mito, según dijo él mismo, por tres motivos: porque «es el pueblo de donde proceden todos mis linajes, excepto uno, por lo menos desde la segunda mitad del siglo XVIII. Porque allí pasé los largos veranos de mi infancia. Porque Arenys es una población muy bonita y aún lo es más su paisaje». Los tres motivos argüidos por Espriu, efectivamente, dan el alcance geográfico (el paisaje), temporal («desde la segunda mitad...»), personal («mi infancia») y colectivo («mis linajes») simbólicos del término, que serán algunos de los temas principales sobre los que se construirá Cementerio de Sinera. El topónimo viene precedido del sustantivo «cementerio», que avanza el motivo central del poemario, punto de partida y de llegada tanto del itinerario físico del yo poético como de la reflexión del libro, y tiene la función cohesionadora de designar el espacio donde se situaran los textos. La unión de los dos términos mediante la preposición «de» destaca las divergencias entre estos (Cementerio ‘sitio de los muertos’ ≠ Sinera ‘sitio de los vivos’, por ejemplo), a la vez que insinúa un acercamiento de los dos significados que después se verá ratificado en la obra (Sinera ≈ Cementerio).

El lema del libro («y todas las hijas del canto sean abatidas») es Eclesiastés 12:4 en la famosa versión de Casiodoro de Reina y Cipriano de Valera. El mismo Espriu explica en repetidas ocasiones la importancia que tiene para él este libro bíblico: «dicen los sabios que su valor literario es más bien escaso, pero a mí me va como anillo al dedo». De las distintas interpretaciones que se puedan dar al sujeto de la cita, se impone la evidencia de que ha de referirse a la expresión, a la lengua —catalana, lógicamente— y, con ella, al mundo que ésta ordena.

Unidad

La crítica también remarca unánimemente el carácter unitario del libro, los poemas del cual, numerados con cifras romanas, vendrían a ser «momentos» diferentes de un solo texto. La prueba de ello, la tenemos cuando Espriu, en la grabación para la Fundación Hispánica de la Biblioteca del Congreso de Washington el junio de 1984, recita el libro, no lee los números que hacen la función de título de los poemas (esta grabación se puede consultar en el Corpus Literari Digital de la Càtedra Màrius Torres). Sin duda, el argumento, por decirlo de algún modo, sobre el que descansa el libro, es uno de los más importantes: un itinerario real y explicitado, que empieza en el primer poema con un verbo en futuro y en primera persona («Pasearé», I: 5), casi como una invitación al lector a compartir el viaje, y termina en el último poema, cuando el poeta descansa dentro de la tumba. Un paseo real, así pues, por Sinera, que tiene como destino el cementerio y que Espriu carga de simbolismos diversos.

Pero son mucho más los elementos que, al mismo tiempo que dan cohesión al libro, lo singularizan y se convierten en rasgos característicos. Lo es, por ejemplo, la reunión de series de poemas que forman ciclos como el del paso del día (XII-XVI), de las estaciones (XVIII-XXI), etc., como también el enlace de los poemas con la reanudación de motivos de los inmediatamente anteriores, ya desde los primeros poemas: a II: 2-4 y 8, los términos «mar», «cerros», «viña», «ramblizos» y «recuerdo», retoman los del poema anterior, v. 7, 2, 3, 1 y 4, respectivamente.

Lo es también el uso de una imaginería recurrente (como el mármol, las barcas —con distintos sentidos—, los cipreses, etc.), sobre todo a partir de elementos tomados del paisaje de Sinera: de la geografía física (los montes del Montalt, del Mal Temps y de la Pietat, la playa y el mar, los ramblizos), de la vegetación (pinos, viñas, pámpanos, sauzgatillo, bojes, espinos, acebo), etc. una imaginería que, como señala Delor (1993: 475-476), remite al concepto de patria que el mismo Espriu expuso en la parte que redactó («Tiempos antiguos») de la Historia general de Alberto del Castillo (1943): «Patria es, para el genuino griego (quizá también, en general, para el auténtico mediterráneo), la ciudad donde nacieron y murieron los antepasados, donde él nació y morirá en su día, y el terreno circundante que el ojo abarca sin esfuerzo y comprende hasta en sus menores detalles: la fuente, el suelo casi yermo, sol en el polvo, cipreses, el reducido trigal, junto al camino, entre olivos plomizos. Un viñedo que sube por la ladera de un monte, ya confín. En el fondo, el mar, sembrado de islas, sin horizontes amplios, de navegación sin riesgo. Placidez, equilibrio, mesura, orden, complacencia por lo concreto, horror al exceso: he aquí conceptos y reacciones que tal paisaje sugiere y motiva». El fragmento es importante por el sentido generalizador que le da el mismo autor (aplicable, pues, a Sinera: «quizá también […] para el auténtico mediterráneo»), por el sentido etimológico que impregna el uso espriuano del término («la ciudad donde nacieron y murieron los antepasados, donde él nació y morirá en su día», es decir: patria = ‘tierra que fue de nuestros padres’ del poema XXVI) y por la identificación con un espacio reducido («el terreno circundante que el ojo abarca sin esfuerzo»: poema VIII) y con un paisaje concreto (que coincide con el de Arenys: poema II).

La recurrencia de unos rasgos estilísticos bien definidos coadyuva también a la coherencia del poemario. Son especialmente relevantes el recurso a los superlativos en -isimo (a los poemas V, XXVI) y al adjetivo difícil (VIII, X, XXVII), poco utilizado en poesía y que Espriu podría haber tomado de Rosselló-Pòrcel, pero sobre todo al uso de sustantivos sin artículo delante: el poema IV puede dar el paradigma, porque los sustantivos que aparecen («días», «tartanas», «calles», «olor», «mar», «estíos», «viento», «fuego», «palabras», «ceniza») lo hacen sin artículo, excepto los que tienen un fuerte contenido simbólico («la rosa»).

La explotación de determinados campos semánticos, en todas sus formas y versiones, es otro aspecto que confiere unidad al volumen, sobre todo el de la lentitud, hasta el punto que los poemas parecen instantáneas de una película a cámara lenta. Este proceso —el de la ralentización temporal— podría ser el resultado de la lucha del poeta contra el paso del tiempo, de la voluntad de fijar literariamente el tiempo del Arenys mítico: Sinera, lo cual se consigue con la explotación de la esfera semántica de la lentitud y la quietud, palabras casi sinónimas para Espriu; no por casualidad, el verso III: 12 («al llarg de quiets crepuscles») se convierte, en la tercera edición del libro, para evitar la sinéresis de las dos primeras, en «al llarg de lents crepuscles», traducido al español como «por los lentos crepúsculos». De este modo, el adjetivo «lento» es de los más repetidos en el libro (aparece en II, III, XI, X, y XXVIII) y, a su lado, se impone el reino de la calma (desde el primero al último poema: «en calma», en I y XXX, pasando por «se encalman» en XIII), donde el movimiento siempre es pausado (esparcir en III y XIX) o, incluso, no hay movimiento, mediante los adjetivos («inmóvil» a I y XXIII) o de la ausencia de verbo, o de la presencia de verbos conjugados en tiempo, para entendernos, «poco temporales», como los presentes en II y III, que son más «descriptivos» que «narrativos».

Estructura

Desde Castellet, la crítica ha ido reiterando que «en Cementerio de Sinera hay tres puntos de vista y un solo objetivo: el cementerio visto desde fuera, desde Sinera» (I-VII), «desde dentro» (VIII-XXV) y «desde el interior de la tumba» (XXVI-XXX). La división es efectivamente válida, si bien, a juzgar por lo que dicen los textos, parece más probable que en los siete primeros la visión es de Sinera desde Sinera: el futuro de I: 5 («Pasearé entre verdes / inmóviles cipreses»), la descripción de la acción de V: 1-3 («Por los portales paso / mendigando migajas / de mis viejos recuerdos») y el presente de VII: 9-10 («A contemplarlos subo / donde el ciprés vigila») parecen especificar que el poeta todavía no está en el cementerio.

Los siete primeros poemas dibujan dos Sineras: la de la «patria tan pequeña» del pasado, de los «días lentos / pasados para siempre» (II: 1, 8-9), actualizada mediante el recuerdo, y la de la «patria» actual, «que muere cuando miro años» (III: 9-10), que constituirán el legado del poeta: «Te dejo», dice en XXVI: 1-3, lo que ahora es «sepulcro vastísimo» y que «fue de nuestros padres». Además, en estos poemas toma forma una descarnada declaración de fidelidad al país, a la patria (en la misma dimensión que Espriu exponía en la Historia general): « ¡Qué patria tan pequeña / encierre el cementerio! […]. Quiero esto y la sombra / viajera de una nube» (II: 1-2, 5-6), una fidelidad que se vive a flor de piel, con cada uno de los sentidos (IV).

Los siguientes catorce poemas (VIII-XXI) están enlazados por una mezcla difuminada (Cementerio ≈ Sinera) de elementos de fuera (VIII) y de dentro del cementerio (IX), con una primera serie centrada en el tiempo meteorológico (al atardecer llega la lluvia en VIII – por la noche el viento se lleva la tormenta en XI), otra dedicada al tiempo cronológico del día (XII-XVI: mañana, mediodía, tarde, atardecer y noche) y otra al de las estaciones del año (XVIII-XXI: verano, otoño, invierno y primavera), con un paréntesis que ocupa una posición central del libro, constituido por una canción (XVII) que anuncia la aparición de la muerte («La voz de la dama»), que está por encima del tiempo («lejos del tiempo») y que anuncia la desintegración («Algún mármol canta») del mundo de Sinera («¡Ay, la barca negra / que viene, en mi sueño, / del mar de Sinera!»). En los tres poemas siguientes (XXII-XXIV) el poeta empieza a asumir el fracaso de su intento de aprehender el proceso de hundimiento de este mundo, hasta que en el poema XXV declara la inutilidad de este esfuerzo («Prisionero del cántico, / mi esfuerzo inútil») y, al mismo tiempo, la necesidad de expresarlo («Necesito contarte / qué miedo de la lluvia / en los cristales»).

Los cinco últimos poemas (XXVI-XXX) constatan este fracaso: «Ya no lucho / contra el afán de vivir / sin saber cómo» (XXVII: 5-7). La asunción del propio final («Y cuando te detengas / donde oyes mi nombre» XXX: 1-2) y, con él, el de la propia colectividad («patria / que muere cuando miro años», III: 9-10) será el paso previo a cualquier otro tipo de reflexión sobre la condición humana. «No sé lo que es la poesía», escribía Espriu el 1952, «si no es un poco de ayuda para vivir rectamente y quizá para bien morir».

 

NOTA: Las traducciones de los versos citados son de: Cementerio de Sinera [Cementiri de Sinera]. Traducción de José Corredor-Matheos. Barcelona: Polígrafa («La Senda»), 1969.

Traducido por Anna Rosich
Salvador Espriu, vers 1980. Centre de Documentació i Estudi Salvador Espriu
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Cementerio de Sinera (1946)
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Final del laberint (1955)
por Rosa M. Delor
La lluvia (1952)
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Laia (1932)
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Les cançons d’Ariadna (1949)
por Gabriella Gavagnin
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Fragmentos
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Final del laberint
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La pell de brau
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Laia
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Ensayo de cántico en el templo
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«Cançó d’albada»
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