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Quanta, quanta guerra...

Mercè Rodoreda
Cuanta, cuanta guerra

La casa era vieja, el fregadero olía mal, el grifo goteaba. Los días de viento el frío se colaba por las rendijas pero con el buen tiempo el olor de las flores se metía en todos los rincones. Mi padre, los domingos en que no le apetecía ir a visitar a sus primos, me llevaba de paseo. Pasábamos horas sentados en un ribazo y a veces el aire traía hilillos arrancados al corazón de las flores escuálidas y algunos se pegaban a la ropa. Las gentes eran todas idénticas: con piernas, con muslos, con ojos, con bocas, con dientes. De la mano de mi padre, que era alto y era bueno, caminaba yo tieso como un palo. Ignoro por qué las niñas me daban rabia; si algún día lograra atrapar una le retorcería el pescuezo como a un pájaro. Robaban el amor de las madres.

Una vecina que trabajaba en la fábrica de tejidos, tenía una niña. Un sábado por la tarde preguntó a mi madre si podría guardársela. Yo estaba muy preocupado: mi madre me había dicho que había ido a comprar una hermanita, que nunca más estaría solo, que tendríamos en casa una niña que reiría y lloraría. Cuando le pregunté por qué había comprado una niña y no un niño me dijo que ya había recibido el aviso anunciando que sería una niña. Aquel sábado por la tarde mi madre me dijo que tenía que ir a hablar con alguien respecto a la venta de los claveles y me dijo que vigilara a la niña de la vecina, que, sobre todo, el gato no se le acercara. En cuanto mi madre salió fui a mirar a la niña que dormía y al gato que mi madre había encerrado en la cocina. La niña se llamaba Mariona, tenía un color rosado y llevaba pendientes de oro. Estaba tendida sobre dos sillas juntas. La cogí y la dejé en el suelo. El gemido que lanzó me cortó la respiración. Empecé a desnudarla como si desnudara a una muñeca: fuera camisita, fuera braguitas, fuera trapos, fuera zapatitos de lana. No pude quitarle los pendientes porque no sabía cómo se abrían. Cuando la tuve como un gusano la puse encima de una toalla y la arrastré tirando de la toalla hasta donde empezaba el campo. La luz del sol acabó de despertarla. Acurrucado a su lado examinaba sus encías despobladas, los cabellos, escasos y muy finos. Sus ojos eran de color violeta con destellos dorados. Enloquecido al sentirme mayor que ella, tan pequeña, fui a arrancar todas las violetas. Sólo sus ojos debían ser violetas. En medio del campo, entre dos hileras de claveles, encima del reguero de agua, le hice una cama con hojas de violetas verdes y redondas. Y, con miedo a romperla, allí la dejé. Por un momento, dejó de respirar, y, en el acto, con un palmo de boca abierta, empezó la llantina. Tuve ganas de llevármela al tejado y arrojarla desde lo alto, por el hueco de la barandilla rota. Fui corriendo a buscar al gato. Lo dejé junto a ella y permanecí quieto. Mira el gato... mira... Le cogí una manita y la pasé por el lomo del gato que de repente quiso huir, le saltó por encima y le rasguñó el pecho. Mi madre había contado a no sé quién que si los bebés lloran sin cesar durante demasiado rato acaban por romperse. Quieta, bonita. Creía que se me rompería como una taza al caérsele a uno de entre las manos. La niña estaba cubierta de sangre. Mi madre me molió a palos. Yo quería morir. Subí al tejado del cobertizo de las herramientas y me tiré desde lo alto. Caí de cuatro patas. Y aquella noche, que era de luna, la pasé tirándome de arriba abajo del cobertizo. Al cabo de poco tiempo nació mi primera hermanita. Aquella noche me planté. Tras cavar un hoyo muy hondo al pie del avellano, me metí dentro y me cubrí de tierra hasta las rodillas. Había llevado conmigo la regadera llena de agua y me regué. Quería que me salieran raíces: ser todo ramas y hojas

Traducido por Ana Maria Moix
Mercè Rodoreda, Cuanta, cuanta guerra. Barcelona: Edhasa, 1982, pp.23-25.
Mercè Rodoreda, fotògraf desconegut, 1980 (AHCB-AF)
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