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Joan Vinyoli, el poeta de la duda y de la luz

por Jordi Llavina
No conozco demasiados poetas que, como Joan Vinyoli, expresen tan adecuadamente las dudas más esenciales de nuestra condición: ¿Qué hacemos aquí?, ¿Hacia dónde vamos, si es que vamos hacia alguna parte, después de morir? Ningún otro poeta —ni de Cataluña ni de ningún otro lugar— ha convertido, como él, la duda sobre las cuestiones más radicales del vivir en un artefacto literario tan preciso y conmovedor.

Él mismo, en vida, fue un hombre que dudaba. De hecho, sus preocupantes dudas y una cierta incertidumbre sobre su vocación literaria oprimieron, a menudo, la voluntad de un autor que se consideraba autodidacta y, por consiguiente, al alcance de menos posibilidades. Sin embargo, Vinyoli es un autor de una talla imponente y el tiempo, además, ha proyectado la sombra de su influencia hasta las generaciones posteriores. En ese sentido, es, probablemente, el poeta catalán del siglo XX que ha ejercido una maestría más efectiva y, seguramente, más duradera sobre los que han llegado después. Además, no hay nada que nos lleve a pensar que el prestigio de su nombre decaerá en los próximos años; sobre todo ahora, que, con la celebración del Any Vinyoli, se están llevando a cabo una serie de actos en homenaje a nuestro autor y a su obra, a lo largo y ancho de Cataluña e, incluso, del Estado español (¡donde, por grata sorpresa del que firma, hay conspicuos vinyolianos a los que les gusta mucho su poesía!).

Vinyoli es un gran poeta por diversas razones y una de las que a mí me parecen más poderosas es la variedad de su obra lírica. Poeta de registros diferentes y de infinidad de matices se convierte, de vez en cuando, en una voz metafísica e, incluso, mística, que se plantea la idea de Dios o, más concretamente, la posibilidad de entregar el alma a Dios en un acto de amor ilimitado. Por ese motivo, su Llibre d’amic resulta un poema tan fascinador como desconcertante e, incluso, excéntrico. Escrito entre los años 1955 y 1959, si se hubiese publicado inmediatamente, poco después de haberse escrito, quizá se habría considerado una verdadera rareza. No obstante, no salió a la luz hasta veinte años después y, actualmente, casi sesenta años más tarde de ser compuesto y treinta y siete después de ser publicado, es un título fundamental en su bibliografía. Un título que va más allá de la línea que había emprendido con la composición de El Callat, la obra más característica de la vertiente metafísica del autor, publicada el año 1956.

Sin embargo, Joan Vinyoli es, también, de manera digamos fundamental, un poeta que aborda —sin ningún temor— la cuestión final, el frío de la muerte, «lo que llamamos morir» —como escribió en uno de los poemas de Vent d’aram. «¿Qué sabemos con seguridad de su manera de ser?», se pregunta en referencia a todos los que nos han precedido en el alejamiento sin retorno de la vida. Y el hecho es que el tema de la muerte nunca deja de estar presente en su obra porque Vinyoli, como poeta consciente que es, nunca se lo podía dejar de plantear.

Puede que el Vinyoli más conocido, el más popular, sea el que celebra la vida. El que nos revela la alegría primigenia de la naturaleza, suma y síntesis de todos los descubrimientos de la existencia —una naturaleza que él conoció y vivió profundamente cuando veraneaba, durante su infancia, en Santa Coloma de Farners, entre 1922 y 1932, o el Vinyoli de sus estancias de agosto en Begur, a partir de los cuarenta años. Dentro de esta descripción cabe, por supuesto, el gran poeta del amor, del sexo, que es capaz de escribir «t’adoro fins l’esquelet» o, en otro poema, «tremolo de mirar-te». Sí, Joan Vinyoli es uno de los poetas de amor más extraordinarios que ha dado la literatura catalana de todos los tiempos y merece estar en el mismo grupo que Ausiàs March o Vicent Andrés Estellés, por mencionar dos poetas importantes en este campo.

Vinyoli es, también, un poeta de la revelación. En unos versos admirables del poema «Dies al camp», cuando constata que unas herramientas para el campo ya no sirven, sino que se oxidan en un rincón de la masía, sentencia lo siguiente: «Magall, aixada, càvec, / diuen pel mànec la indefensió / de no poder servir sense la mà d’un home, / però proclamen tostemps, / dessota l’òxid del tall, / l’antiga força de la mà de l’home». A mí me parece una constatación muy lúcida. De hecho, el poeta auténtico es, sin lugar a dudas, quien, a través de sus versos, siempre nos debería revelar, más que nadie, esa antigua fuerza de la mano del hombre.

Finalmente, Vinyoli es, todavía, un agudo poeta metaliterario, es decir, un poeta que reflexiona, en su obra, sobre la escritura. «La poesía aleja de las apariencias / y hace cercana la realidad», dejó escrito en un poema muy recordado. En el último que publicó, el último de la suite «Elegia de Vallvidrera», de Passeig d’aniversari (el libro que pone punto y final a su obra), escribía: «D’ençà d’aquell excés / totes les coses se’m canvien sempre / en altres de millors, insòlites: si rocs, / en diamants; si didals, en campanes / tocant a festa; si agulles de cosir, / en parallamps d’acer, si cavallets de fira, / en constel·lacions». Aquí está, pues, bellamente enunciado, el proceso analógico de la poesía, que convirtió la existencia de nuestro autor en una apasionada búsqueda. Lo que va del pequeño dedal más cotidiano a la enaltecida campana que tañe por las fiestas (aunque también dobla por los lutos).

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Traducido por Neus Tirado Gual
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